El susurro esencial y secreto de Bettina Brentano

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Amado mío: al nacer este año, es tan grato escribirte…como si unos labios hablasen a otros labios y pretendieran sostener entre ellos un susurro esencial y secreto.

Bettina Brentano – Carta a Göethe


 

Huérfana y reducida a los espacios de un orfanato de mediana reputación, esta niña de apenas 12 años carga en el alma todo el romanticismo en potencia. Romanticismo que a pesar de terminar siendo un fenómeno universal, muchos historiadores establecen como surgido en Alemania o “el romanticismo alemán”. Pero ha sido precisamente a través de esta niña, como pude desentrañar su verdadero origen. No es precisamente Alemania la vertiente de esta “tormenta e ímpetu”, si no la gran península espiritual que llamamos La India. El origen literario del “strum und drang”, no es otro que el drama poético de la princesa Sakúntala, flor esencial y exquisita nacida en el sueño del poeta hindú Kalidasa. Antes de escribir “las penas del joven Werther”, Göethe, recibió en sus manos a través del círculo cerrado de jóvenes poetas como Heine y Schiller, la traducción que hiciera Sir William Jones, de este drama de amor, muerte y resurrección. El joven poeta quedó tan marcado con la saga del proceso del alma femenina, que su maduración con el tiempo arrojó para el mundo ese maravilloso prólogo del Fausto dedicado a eterno femenino simbolizado en Sakúntala, para terminar conociendo al final de su vida, en cuerpo presente a lo que sería su devenir en el tiempo.

Porque el romanticismo es precisamente eso, la vida como una tormenta, como el ímpetu de los sentimientos humanos en donde todo converge: el corazón del hombre individual, del Ego romántico donde todo fluye y confluye. Vuelve entonces el amor, el dolor y la sensibilidad como una flor renacida a signar el destino y el sentido de la vida…y de la muerte.

Y he aquí que del propio centro encarnado de ese frágil corazón, de esa efusión tormentosa e intensa, surge como la manifestación más exacta del eterno femenino, fiel heredera de ese modo del sentir soñado e imaginado de la princesa Sakúntala, una muchacha llamada Bettina Brentano. Ella será sin duda alguna, la encarnación del Romanticismo.

La bella y frágil Maximiliane, su madre, había sido el gran amor de Göethe y la inspiradora de “las penas del joven Werther” quien la retrató como Carlota, esa muchacha vestida de blanco con el pelo negro, los ojos grises y un arreglo de jazmín en el talle. La separación y ese signo trágico de los románticos, la llevó a la búsqueda febril de la muerte por des-amor. Bettina, perdida en la orfandad, se escapa a la casa de su abuela Sophia, antigua amante del poeta Wieland y famosa por sus novelas descarnadas y llenas de humor. El día de su llegada, ella la acoge y la pone delante del espejo. Bettina no se pudo reconocer en él. Quién eres tú Bettina?, preguntaría, antes de morir por ella la delicada poeta Günderrode: ella era el viento, el agua, la maga, la dueña del conjuro, el espíritu encarnado. En la oscuridad de los rincones en la casa de Sophía, encontrará el viejo baúl de Maximiliane. Se sumerge y se pierde entonces en los diarios y las cartas que Göethe le escribiera a su madre. Se aprendió de memoria cada frase, cada verso. Hizo suyo cada suspiro, cada cadencia para reconstruir por completo la historia de amor y desdoblarse en ella. Tomó el vestido blanco de su madre con ese arreglo de jazmín en el costado izquierdo del talle, el mismo pelo, la misma mirada.

En los días de su adolescencia, Beethoven era el amante y maestro de su prima Antoine. En esa casa tan llena del mundo femenino, él tocaba de manera arrebatada esas tormentas anímicas recién nacidas en el piano, como si nadie ni nada pudiera amansarlas. Un día de espaldas a él, Bettina se acercó para susúrrale algo en el oído. Nadie sabe con certeza el contenido del susurro. Pero ese día él le regaló la partitura original del Adagio Cantabile de la sonata No 8 Op. 13 Patética con esta nota de puño y letra en el margen: He cruzado las tormentas para llegar hasta aquí…ese es el precio. En este espacio lleno de unción me encuentro conteniendo a mi propio corazón, pues en ese oponerse, en esa lucha por lo que agobia a través del desamparo, hemos llegado indemnes. No nos hemos consumido. Pero es aquí sin embargo en esta llama suave y tenue donde hemos de consumirnos a voluntad…con una voluntad con solo puede mover el amor y mientras nos consumimos hemos de cantar…de orar. La música, sólo la música y me fe obstinada. Eso es lo que tengo. Te ofrezco pues esa fe ahora mansificada en este canto, lejos de la razón, pues lo propio de ella es comenzar donde la razón termina. He aquí pues mi corazón…un secreto pero intenso movimiento se hace sentir para después difuminarse sin traicionar su origen. A partir de ahí Bettina fue vertiente de los apasionados besos en la boca de Beethoven.

En el año 1807, ya con 21 años y con la certeza de su verdad, esta mujer decide viajar al encuentro con su destino: Göethe. El ritual del viaje y del encuentro quedó conmovedoramente registrado en su diario. El mismo traje blanco de su madre con el arreglo de jazmín en el talle, el mismo pelo, la misma mirada. En los labios cada uno de los versos, de los suspiros y las cadencias amorosas para ser reconstruidas en el aire nuevamente. Cuando él le abre la puerta le pregunta que es lo que le interesa y ella le respondió – Nada me interesa, sólo Usted.

Es aquí, justo aquí, cuando Göethe casi de 60 años repara en lo que está sucediendo, para entrar en un estado alterado de consciencia: el shock de ese retorno fantasmal del amor perdido, la reencarnación de Maximiliane, de Carlota, de Sakúntala, del eterno femenino ahí parada en la puerta, inquiriosa y extraordinariamente bella.

No hay cartas de amor y sobre el amor, más contundentes que las cartas de Bettina a Göethe. El pensamiento amoroso en sí mismo, la abstracción del cuerpo del amor como algo tangible, vivo y determinante que rige el alma de esta mujer maravillosa, se recoge en estas cartas únicas e irrepetibles. Hija y hermana de poetas; casada dos veces con poetas, y sin duda alguna la amante más determinante en términos espirituales y maduros del gran Göethe, Bettina Brentano supera en la expresión acabada, clara y verdadera del amor a todos ellos. A decir del propio poeta, la boca de Bettina era como una abertura sagrada, antigua y nueva al mismo tiempo, y sobre todo los labios…esos labios a veces tan lejanos, pero que al acercarse, pretendieran sostener un susurro esencial y secreto.

No sé por qué, pero algo en el corazón me asegura que en uno de esos susurros esenciales que Bettina vertió en el alma del viejo poeta, estaba contenido el canto de Sakúntala. Ese poema sentido que el hombre “en medio de la más honda experiencia de su vida” (como el mismo escribió en sus diarios de la época) pusiera como prólogo del Fausto, la obra más gloriosa del romanticismo literario: Deseas apasionadamente las flores primaverales y los frutos del otoño? ¿Deseas lo que posee y arrebata? ¿Quieres lo que alimenta y satisface? ¿Quieres en un solo nombre el cielo y la tierra? ¡Yo la nombro: Sakuntala… y con esto te lo he dicho todo”