Crónicas de Budapest…y Hanna Szenes

Mi llegada a Budapest fue justo el día de la transición entre octubre y noviembre en la plena entrada del solsticio de invierno. Sin embargo para mí, lejos de una vislumbre invernal, esa marca, ese hito tuvo un significado de purificación, de redención sobre aquello que estuve llamando por más de 23 años “mis Idus de octubre”. Esa noche lo celebré con un ramo de flores que le compré a la luna en el café Vian. Uno de los muchos cafés que se encuentran en el centro de la ciudad, cerca del Oktogon (plaza que une las principales calles de la ciudad de Pest, en forma de estrella de ocho puntas). Como era otoño franco, las antorchas nocturnas estaban prendidas en todo su esplendor para darle calor a los solitarios de la madrugada. Había estado en las lecturas de poemas que se realizaron en el teatro Lizt en medio de los ecos de vocalizaciones de arias antiguas y de una joven de ojos semicerrados que tocaba un soneto del Petrarca al piano.

Esos poetas húngaros tan maravillosos: László Kálnoky, Sándor Weöres, János Pilinszky y la bellísima Ágnes Nemes Nagy quien escribió: “Hay que aprender de los árboles de invierno. Ese cubrirse hasta los pies de escarcha. Inamovibles cortinajes. Hay que aprender la franja donde el cristal ya humea, y el árbol va cruzando la neblina como los cuerpos la memoria. Y tras los árboles el río, las alas silenciosas de los ánades, la cegadora noche azul y blanca donde hay paradas cosas en capuchas. Hay que aprender aquí los gestos inenarrables de los árboles”.

Pero sobre todo la conmovedora poesía de Attila Józef, quien vivió en una extrema pobreza para suicidarse entre las ruedas de un tren después de haber escrito este poema:

Fugaces recuerdos, ¿en dónde desaparecisteis? Mi corazón, pesaroso, quiere echarse a llorar. Ya no puedo vivir sin vosotros. Lo que mis manos tocan no toca ya mis manos. ¿Acaso no soy digno de jugar otro poco? ¡Frágiles mariposas, venid, volad aquí! Fugaces recuerdos, soldaditos de plomo que tanto anhelé otrora y cuyas bayonetas supe enderezar ¡Turcos, bóers, venid, rodeadme aquí! ¡Oh, cañoncitos, formad las baterías! Tan pesaroso está mi corazón… ¡Ay, defendedme!

También en la tarde, detrás de un prado de amapolas tardías entramos a la casa-museo del poeta Mihály Vörösmarty para leer y escuchar los recitales pautados. Y he aquí que muy retirado del recinto principal, en un pequeño rincón, estaba una placa en conmemoración de la poetisa Hanna Szenes.

Ese descubrimiento eclipsó todo lo demás. Los palacios imperiales a las orillas del Danubio, La citadella, la basílica de San Esteban, la iglesia de Matias, El Parlamento, las exquisiteces gastronómicas de la comida Magiar, la belleza de las muchachas húngaras, el olor de las frutas en el mercado, los museos, el brillo en los ojos de esta juventud tan ajena y el contraste con toda la nostalgia barroca de la ciudad se esencializaron en ese rincón envejecido y olvidado. Junto a la fotografía de la poetisa estaba un pequeño esbozo biográfico, en donde a título de heroína de guerra y debajo de todos los manuscritos oficiales estaban los 29 poemas que escribió durante su intensa vida (1921-1944). De origen Judío, aunque educada en escuelas protestantes cristianas (fue proverbial su enamoramiento de Jesús como hombre) a partir del año de 1933 en que se instaura en Hungría la Kristallnacht o unión con el bando alemán de la guerra, se hace activista y lider sionista de los judíos de la Europa Oriental. Presionada por el estallido franco de la guerra y bajo la esperanza de la resurrección de su pueblo emigra a Palestina y se dedica a la creación de los primerosKibuts agrícolas en lo que sería el futuro Israel. Allí empieza con sus maravillosos poemas escritos en la ciudad de Cesarea y su diario maravilloso e intenso… lleno de fuerza y feminidad. Es aquí en donde se encuentran las mayoría de sus 29 poemas:

En los fuegos de la guerra

En los fuegos de guerra, en un incendio, en la pira, entre los tempestuosos días de sangre, enciendo mi pequeña lámpara, para buscar, buscar a un hombre. Las llamas de la pira sofocan mi lámpara, la luz del fuego ciega mis ojos; ¿cómo podré mirar, ver, conocer, reconocer a alguien cuando esté a mi lado? Pon una señal, Dios, ponla en su frente, para que en el fuego, en el incendio y en la sangre reconozca el centelleo puro, eterno, que he buscado: un hombre


No estás sola

No estás sola. Aquí está tu mar que te preguntará con su tierno murmullo por los sueños de tu camino, por tus deseos.

Esperaron tu llegada

Todos esperaron: la costa, la arena, las rocas, las olas y el mar. Lo sabían con seguridad: una noche oscura llegarías. A lo alto, miles de ojos celestiales entienden a sus dos compañeros que robaron del mar infinito… una lágrima.

Marcha a Cesarea

Dios mío, que no termine nunca la arena y el mar, el murmullo del agua, el rayo del cielo, la oración del hombre.


 

Esta hermosa mujer, que tenía sobre sus espaldas y sobre su alma la travesía esperanzadora de aquellos que emigraron a tiempo y se salvaron del Holocausto y en el preludio de los fines de la guerra, decide sin embargo y ante la detención de su madre y numerosos amigos, regresar a Hungría. Se alista para ello en las filas rumanas y se lanza en una operación de paracaidistas aliados hacia los cielos de la línea fronteriza húngara, para ser apresada por la GESTAPO esa misma noche. Tras un juicio sumario, y con tan solo 23 años de edad, fue fusilada junto con el resto de paracaidistas prisioneros. Dos horas antes de su ejecución nos dejó este poema:

En la cárcel

Uno… dos… tres… ocho pasos de largo, dos de ancho… La vida se cierne sobre mí como un interrogante. Uno… dos… tres… Quizá otra semana. O el fin de mes aún me encuentre aquí. Pero sobre mi cabeza… la nada. Ahora, en julio, cumpliría veintitrés años… Escogí número en un juego arriesgado. El dado da vueltas. He perdido.