Crónica del camino de las aguas o el misterio de la encarnación

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Creo en esa mujer, que vino con el mundo de Dios en sus brazos…(Panayía)

La poesía es una eterna fugitiva…un día con este verso por delante, la Diosa Blanca me dijo al oído: El fugitivo eres tú, eterno solitario, el fugitivo eres tú. Durante ese recorrido que constituyó la búsqueda del alma perdida y olvidada, no hice otra cosa que huir, huir del mundo, encerrado en una burbuja frágil y volátil. Versos de aire y de luz, sin nada de tierra en el cuerpo del poema…si acaso las rosas nocturnas que el viento repasaba ténuemente en el sueño, aún más intangible, más transparente. Un hombre, o más bien un niño perdido en la sombra, anhelando la luz, girando incansable alrededor del centro.

La poesía era entonces para mí, un camino de fuga, un camino que me desvinculaba del aquí, del ahora. Por esas sincronías inevitables acabo de encontrar una página de diario que resume esa búsqueda imposible, esa espera: … El gesto femenino de la espera. Y es que la mujer tiene algo que nunca podrá tener un hombre y es la virtud de la gestación y de la espera. En todo lo que se gesta, hay espera… pero espera cierta, de lo inminente, de lo seguro por llegar, así venga envuelto en el más inquisitivo de los anhelos… aunque ella no sepa lo que espera. En la fugitiva y en Lamento de Ariadna, (casualmente el primero y el último poemario) no he hecho otra cosa que tratar de desentrañar ese gesto femenino de la espera… todavía sin mucho éxito para el lado apasionado del corazón. Sin embargo, por lo pronto y tratándose de mi ánima (como requisito previo), estoy haciendo mi mejor esfuerzo para no dejarla esperando…

La vida no alcanzaba, no era suficiente para recuperar ese naufragio. Y a pesar de lo escrito, he pasado buena parte de mi vida esperando, buscando recuperar esa ánima perdida sin éxito a pesar de los esfuerzos. Y no podía ser de otra manera cuando los esfuerzos son de huida irreversible, de rebeldía, el a-islar-se con ese gesto que cierra las puertas y ventanas de una casa abandonada.

“Voces de afuera la vejan y la insultan, mas he aquí la casa pálida con una rosa azul en su centro: Era en el sueño o en el deseo, y los cuerpos anunciaban su dádiva como una promesa. Para poderla alcanzar debía caminar las aguas cuando el amor era el alba. Allí volveremos algún día para llorar adentro”.

Aún a pesar de su cualidad aérea, de tener esa consistencia de los sueños, este poema fue premonitorio, pues a pesar de todo, la poesía en sí misma, siempre es verdad, una implacable verdad. Han sido las aguas, ese caminar las aguas en el alba las que han marcado los caminos del retorno a tierra firme, de un náufrago que desde las orillas de su isla, lanza encerrado en su botella transparente, un grito de auxilio, una exclamación apagada que nadie podrá escuchar jamás.

Más he aquí el milagro inesperado, ese milagro de las aguas que han llevado a unas manos de mujer, este decir, este canto nostálgico encerrado con un sello imposible de romper. Mi alma embotellada para siempre, de una manera natural e inesperada, como un reflejo antiguo, canta para ella una visión una experiencia vivida en soledad. Sin darme cuenta, ella escucha, ella me escucha desde la soledad, como hablan los náufragos, desde la locura sosegada de mi asombro, un viaje que me condujo por el río-reflejo, al amanecer que abrió de repente  como una tormenta de luz, las puertas y ventanas por la que entraron a mi vida, todas las aguas… esos Deltas rumorosos que mezclan en el aire la arena con infinitas gotas de agua formando el esplendor…  crónica dorada que resumía lo vivido por más de treinta y siete años de una inmensa soledad, pues la puertas secretas que conducen a mi alma, aún seguían cerradas a fuego y a hierro. Todavía no sé cómo pudo repetirse la vivencia, y no me importa saberlo. Cómo iba a saber  que esta mujer-mar, estaba convocado de manera incontenible, todos los ríos. Abriendo de nuevo las puertas y ventanas de mi vida para que entrara por ellas el eterno y abarcante milagro de las aguas a ese delta incontenible. Ella me dijo: me embriagué con las nostálgicas melodías fértiles a la que estoy acostumbrada. Delta de los recuerdos atesorados en la ventana…las imágenes diáfanas del puente Carlos sobre el río atemporal de los recuerdos. Sustituí las palabras por una sonrisa para ganarme un instante de la noche. Sobrecogida bebí un sorbo de vino tras otro sorbo de vino, una forma de cerrar los ojos.

Confieso que quedé paralizado. Como a todo Naufrago al que le cuesta creer que su botella ha navegado miles de días con sus noches por aguas tormentosas, inciertas e inclementes para llegar finalmente a su destino. Marinero caído y salvado por la gracia, para que su exclamación solitaria terminara en los ojos cerrados de una mujer que ha sustituido todas las palabras clausuradas con su sonrisa inefable.

Es por el agua que comienza la tierra… pronto vendrían el fuego y otro viento marino de sal y de perfume de certeza. Los cuatro elementos concurriendo en la orilla de mi isla. Como toda experiencia mística, termino sucumbiendo a lo inefable, termino creyendo con fe en esa experiencia vinculante para iniciar en su sonrisa y en sus ojos el camino de retorno desde lo más esencial, lo más humilde… una lágrima bastó, esa pequeña gota de agua y de sal para entender, para creer en el milagro de la encarnación de la vinculación que solo se puede dar a través de una mujer.

Son tiempos de anunciación, de epifanía, donde el verbo se hace carne. En este caso el milagro de la concepción, de la encarnación de lo inefable, es aún más extraordinario, pues ella misma es el ángel y el vientre vital que contiene ahora todas las formas posibles, todas las imágenes, toda la luz y toda la sombra. La poesía es ahora mi vida entera, la poesía es un proceso vinculante, donde lo que emerge de las sombras tiene una correspondencia absoluta con la luz, lo invisible se vuelve visible, el amor caminando por sus propios pies sobre la tierra en el aquí en el ahora. Poesía del retorno, poesía con sentido tangible con verdad palpable, donde lo soñado y lo anhelado se transforma y se contiene en una danza de cuerpos enamorados, los cuatro elementos mezclados con las miradas y el alma. Intermediara entre la tierra y el cielo, esa Shekinah, mensajera de Dios que se acerca al pecho del hombre para traerle con sus besos la certeza que lo levanta, que lo hace caminar al ritmo de sus aguas cuando el amor es el alba, esta vez para llegar, para amarla en el atardecer con las puertas abiertas, para encontrarla en el centro de su casa recobrada con una lámpara encendida. El cumplimiento de todas las promesas, de todas las esperas… cumplimiento presentido cuando sin saber escribía solitario en su isla este poema: Un peregrino lejos de las puertas, cerca de los pozos. Tendrá sed de nuevo y le dirá: ”Dame de beber” Pero ella ha sido siempre la fuente. Él tomará con las manos su cintura, llenará su regazo con leche. Besará su vientre, su piedra negra. Aplacará su perla blanca con miel, acariciándola en su propio lecho.