El cuarto Reino y “El Cantar de los Cantares”

Ese hombre que sueña con el viaje
Que lo aleje del pecado
La lluvia purificadora de las piedras
Viene del horizonte que todavía no alcanzamos
 
– A través del llanto atormentado
La mujer que creíamos muerta
Regresa para perdonarnos

Anoche escuchaba conmovido el Salmo 120 de David, en una versión del grupo musical “Atrium Musicae” con Begoña Olavide tocando el salterio: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el consuelo? El consuelo me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel. El Señor te guarda bajo el amparo de su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna …“.

Acababa de cerrarse el ocaso y bajo el influjo de la salmodia y de la luna me dispuse a preparar con mucho deleite una clase de literatura hebrea correspondiente a El cantar de los Cantares. Tomando al vuelo una referencia reciente, inicié la lectura con este verso del canto tercero“Mi amado metió su mano por la abertura de la puerta, y se estremecieron por él mis entrañas.”

Confieso que en lugar de ponerme a revisar fichas o apuntes, no pude parar de leer completo el poema en toda su extensión. Al terminar la vivencia, pude entender el por qué esta joya que enaltece al amor como fuerza a la vez inmanente y trascendente, sigue inamovible a pesar de los esfuerzos en los concilios rabínicos y cristianos por separarla ese corpus sagrado llamado “El libro de los libros” o la Biblia -tanto en su versión hebrea (el Tanaj) como en la Biblia cristiana-.

“En el principio era El Verbo”. La palabra, el verbo, es la energía creante, la energía creadora. La creación sin duda es un acto de amor, en donde el creador se constituye en el primer y gran seductor, vinculando todo lo múltiple-creado bajo la imagen integradora de la belleza. La palabra en esta advocación religante es la que nos revela y a la vez nos vincula con lo inefable. Siento incluso que la palabra es la manifestación misma de lo inefable, de esa energía amorosa-vinculante o, dicho de otra manera, la palabra misma es la revelación.

Desde el gesto creador que se constituye en la palabra, como acto amoroso unilateral, se ha desarrollado una saga que irá trazando esa palabra en el corazón de los seres humanos, para quedar impresa de manera indeleble. Hasta ese momento el acto amoroso y la palabra que lo manifestaba o revelaba, era como dijimos, un acto unilateral del creador. Posteriormente, los profetas y las pitonisas ofrendarán sus bocas y su aliento para que la palabra de Dios adquiera consistencia humana y llegue finalmente en su devenir a constituir un diálogo intensamente amoroso y erótico, donde el hombre como criatura le corresponderá a la divinidad. Es aquí, en este punto del devenir, donde el hombre entrega, o más bien le canta su respuesta a través de la alabanza y la acción de gracias. Y ¿de qué otro modo podría el ser humano hacerlo sino a través de la palabra que lo vincula y a su vez lo constituye? En mi caso, como cristiano, no puedo dejar de resonar con aquella dramática revelación de San Juan, cuando dice: “…y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. En términos humanos, solamente la palabra poética puede contener la carga completa de su ofrenda.

En los salmos del joven pastor David, ya el hombre no solo utiliza el aliento o su soplo amoroso para corresponder con la alabanza, sino que usará sus manos como la extensión carnal de su alma para hacer vibrar las cuerdas del salterio y aún más allá de la corporalidad manifestada en alabanza, cuando el pastor devenido en Rey, ejecutaba con todo su cuerpo, la Danza “davídica” expresando así la unión amorosa, su coniuctio con Dios. Pero ya en el “Cantar de los Cantares”, la ofrenda, la entrega, la hierogamia será total. En este plano, ya el diálogo amoroso, no será entre el creador y la criatura, entre Dios y el hombre. En esta instancia, el diálogo amoroso se constituirá entre los amantes: hombre-mujer, como criaturas. El ser humano como creador, replicando la creación. Cuerpo y alma en una amplificación del juego amoroso de la seducción, del deseo, de la búsqueda, de la espera y del éxtasis de los encuentros. La cualidad multi-sensible y profundamente erótica de esos cantares, nos traspasa y al mismo tiempo nos eleva a la conciencia de la sacralidad de la carne cuando es revestida por lo inefable. En este caso, no es el cuerpo quien contiene al alma, sino el alma quien cubre, sostiene y vivifica al cuerpo en términos sagrados. Es algo que podría nominarse literalmente como una resurrección de la carne, cuando a través de la unión amorosa el cuerpo resurge más allá de sí mismo o como decía Ireneo de Lyon cuando describía la imagen de la resurrección: “care oblita sui”: carne olvidada de sí misma. Leyendo estos cantos sagrados, los cinco sentidos sucumben embriagados de manera individual y a su vez de manera concertante con cada aroma, con cada mirada, con cada sorbo de vino en los labios, con cada beso, con cada susurro que se van esparciendo a su vez en cada una de sus páginas…en cada uno de sus cantos.

Tal vez la epifanía más importante de mi vida en mis últimos hitos, ha sido que “El amor es libertad, la absoluta libertad”. Libertad en términos de plenitud, certeza e integridad entre el cuerpo y el alma, entre lo circunstancial y lo esencial. Viendo además la relación de estos cantos con la poética seductora y estacional de la creación (el Cantar de los Cantares se lee en la festividad de Pesaj), me asombro de que su simbolismo sea precisamente la liberación, la salida, la revocación de la esclavitud, o de aquello que nos constriñe en términos espirituales y simbólicos.

El mes lunar en que se conmemora la salida de Egipto y la liberación espiritual de todo un pueblo, en la pascua judía, es el llamado mes de “Nisan” (marzo – abril) coincidiendo con la primera luna llena del ciclo, con el equinoccio de primavera – en este caso la “Primavera Boreal-  y la eclosión de todos los re-nacimientos y de todas las resurrecciones. Este mes de “Nisan”, expresa todo el simbolismo que encierra el tercer día de la creación y su potencia intrínseca de resurgir, de resucitar, de reproducirse a sí misma de manera incesante. Se narra en el Bereshit o Génesis:Dios creó toda la vida vegetal, tanto grandes como pequeñas. Él crea esta vida para ser autosuficiente; las plantas tienen la capacidad de reproducirse. Las plantas fueron creadas en gran diversidad (muchos “géneros”). La tierra era verde y llena de vida vegetal.”

Revisando de manera sensible el calendario judío (en su determinación lunar) veo como se establecen allí, los cabos o los extremos de los días…su comienzo y su final, su ciclo circadiano, y he aquí que recibo una revelación determinante para mi vida, para mi Elan Vital…para mis procesos anímicos. En la concepción del calendario hebrero, cuando Dios creó el tiempo, primero creó la noche y después el día. Por eso, el día comienza con la noche que lo precede. En el calendario secular gregoriano, no hay en el inicio o final del día, el ritual (anímico-cósmico) de los umbrales de luz, pues aunque en esta convención  de las calendas, el tránsito de la luz comienza con el amanecer y culmina en el ocaso, su día empieza y termina en la más plena oscuridad de la medianoche.

El día judío en cambio se extiende y cumple su ciclo integral y unificado de un atardecer a otro (o también con la aparición y re-aparición en el firmamento de las primeras “tres estrellas”). Son los umbrales de luz y más concretamente el fenómeno crepuscular, el que marca los inicios y los finales de los ciclos del alma y del cosmos. En el Bereshit o Génesis 1:4-13, claramente está escrito que Dios “separó la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde [la oscuridad] y la mañana [la luz] un día…Y fue la tarde [la oscuridad] y la mañana [la luz] el día segundo…Y fue la tarde [ahora tres períodos de oscuridad llamados noche — tres noches] y la mañana [ahora tres períodos de luz llamaron día — tres días] el día tercero.”

En esta secuencia, es en el cuarto día que el creador establece los ciclos luminosos a través de los cuerpos celestes: el Sol, la luna y las estrellas. Reveladora sin duda la condición de la luna como aquella que puede reflejar de modo especular (o a modo de verdad) la enceguecedora luz solar, imposible de mirar de frente o de manera directa. Reina absoluta de las mareas y de los umbrales entre las aguas y la tierra (segundo día de la creación), son sus revoluciones luminosas quienes nos evidencian los ciclos de la transformación, de los alejamientos y de los retornos, de la cualidad circular que anima al mundo y a su vez la cualidad circular de nuestra alma.

Mirando la luna de hoy 29 de enero 2018, y recobrado mi voluntad de entregarme con fe a la determinación de esa fuerza femenina que desde siempre ha regido e imantado mis ciclos, mis lluvias y mis mareas mas secretas e interiores, he decidido que de ahora en adelante, mis días comenzarán y se extenderán de un atardecer al otro. Mis albas serán desde ahora los crepúsculos y mi ciclo circadiano ahora sujeto a la determinación facética y fasética de la luna.

Ese orden sagrado que nos permite alcanzar la luz, empieza en la noche… es a esa hora donde se producen las resurrecciones, donde la carne sale de su encierro, así el milagro sea evidenciado y “proclamado” en al alba, bajo la mirada y la contención de lo femenino, (metáfora perfecta del tránsito necesario para salir a la luz: “La salida de los espacios uterinos bajo el amor y el cuidado de nuestras madres). La noche en todas sus advocaciones, así como la inmersión en las aguas bautismales (también a modo de Muerte-Resurrección) constituirán ahora mis tiempos de Vida: gestación, nacimiento, muerte y resurrección, para llegar a la luz (o más bien para poder reflejarla y re-flejarme en el horizonte de la parte eterna y femenina de su rostro).

Así, a partir de este momento de luz y de consciencia, me apresto a cantar, a ofrendar mi canto de alabanza poética: única manera en que puedo corresponder a su amor. La poesía y el amor son circulares, y para ambas vivencias, el atardecer y la aurora tiene la misma cualidad…son el reverso y el anverso sensible de esa circularidad que al mismo tiempo es un horizonte “anímico”. Y es justamente en el atardecer (que pudiera ser también la aurora) donde ese círculo se cierra…por eso, el tiempo y el tránsito del amor, ocurre dentro del umbral de la sombra y la luz. En este punto de la saga revelada, veo también con asombro como la secuencia de los días ha venido marcando y seguirán marcando estos procesos.

Aunque la tradición dice que el mudo fue creado en siete días, en realidad y apegándonos al Bereshit, el séptimo día no fue un día de actividad creadora, sino una día de contemplación y de éxtasis ante el esplendor y la belleza de lo creado. La creación se ejecutó en seis días. Para ser más exactos en dos ciclos de tres días. Los primeros tres días, el tiempo, la sombra y la luz, el cielo y la tierra, el Reino Mineral, así como toda la vida del Reino Vegetal, o como dijimos, el milagro de la primavera. En el segundo ciclo de tres días, el sol, la luna y las estrellas, así como toda la expresión de vida en el Reino Animal. Pero es en el sexto día, es decir al tercer día del segundo ciclo que crea al hombre a su imagen y semejanza. Aquí el Original Adán, tendrá de manera intrínseca,  la capacidad de resurgir, de resucitar de pasar a otros planos o a “otros reinos”. Replicando esto con la creación por planos, de los tres reinos: Reino Mineral, Reino Vegetal y Reino Animal. El hombre en primera instancia está en los inicios de la creación, circunscrito a la esfera de “El reino Animal”. Pero sin duda hay un cuarto reino: el reino espiritual o lo que se proclama en los evangelios (evangelio, palabra griega que significa “La buena nueva”) que no es otra cosa que la venida o llegada de “El Reino de los Cielos”.  

La simbología de las resurrecciones y del segundo nacimiento también está contenida en el secreto que Jesús le otorga al Rabi Nicodemo: “aquel nacido del vientre de su madre, si no vuelve a nacer del agua y del espíritu no alcanzará el reino de los cielos”. Pero el hito de este drama cósmico y su expresión en términos humanos, se alcanza cuando “Cristo” como hombre, como símbolo del ámbito humano y de la humanidad entera, al tercer día de su muerte resucita como parte de la eclosión luminosa de la primavera: fuerza femenina regeneradora, incesante de la vida, encarnada en ese umbral de la luz del tercer día, por María Magdalena.

Para cerrar estas sincronías reveladas, bajo el signo de un ocaso dorado y pleno de belleza en mi sexta decena de existencia (número de las resurrecciones), y en estos días previos a la luna llena (que en este cierre del primer mes del año 2018 será roja-azul), una mujer-maga-lunar, me leyó dos cartas del Tarot. En una me señala la presencia conmovedora de la Sacerdotisa, la integradora, la que señala el camino, bajo el augurio de una sanadora y benéfica eclosión anímica. En la segunda, la advertencia de mantener la humildad y la integridad para no escuchar y sucumbir a los cantos de las sirenas. Hay además un sueño revelador que precede a ese acto de Psicomagia, donde aparece esa misma Sacerdotisa, indicándome el regreso a los orígenes, al punto de inflexión original de la pureza…más allá de la muerte, del dolor y de los duelos.

Estoy cierto y en plena consciencia de que hay una herida en mi costado (tal vez la propia herida simbolice la consciencia) y que además claudico en el andar por otra herida, (esta vez física) en el muslo izquierdo. Pero bajo la gracia de estas revelaciones y determinado por el influjo de la luna, me dirijo con pasos seguros hacia ese origen: cuerpo y alma en estado de resurrección, en la plenitud de la libertad que otorga la conciencia del amor, para poder trascenderlo, para poder amar y ejecutar así mi canto de regocijo, de alabanza. Sumergirme en la vertiente de agua viva, y rozar con fe y con certeza el umbral de ese Cuarto Reino o “El Reino de los Cielos”, pues esa mujer que había dado por muerta ha regresado para perdonarme.