Crónicas de Assisi (extracto) – noviembre 2016

Al final de este conmovido 2016, año del Señor, tuve la gracia de ir a la pequeña y dulce Assisi en compañía de mi amada Ana María Hurtado allí en el centro de la humildad (cobijada de manera contradictoria por la inmensa y ostentosa Basílica de Santa María de los Ángeles) se encuentra la muy sencilla y pequeña capilla de la “Porciúncula”, construida a modo de pesebre en donde San Francisco rememoraba de manera vívida el nacimiento del niño Jesús. Justo en el umbral de ambos espacios, tuve un encuentro especialísimo e inesperado, que me ha otorgado un presentimiento, o más bien una certeza especial e innegable, no solo para el cierre de este año y para el inicio del que viene, sino para el resto de mi vida.

En mi ansiedad por determinar la vía a la iglesia originaria de San Damiano, me acerqué a un sacerdote que venía del interior de la pequeña capilla y al que había visto postrado y transido en el altar momentos antes de hablarle. Aunque le hablé en Italiano, al notar mi acento venezolano se identificó como el Padre Igor Simonovis (hermano del valiente Iván Simonovis). En ese instante tanto yo como Ana María, no pudimos hacer otra cosa que abrazarnos con el sacerdote en un círculo indescriptible, donde no se sabía quien estaba más conmovido.

No solo nos ayudó a encontrar la ruta a San Damiano, sino que estableció con nosotros un vínculo indeleble. Su generosidad y su luz ha quedado en mi para siempre. Estuvimos hablando (no sé si debería decir llorando) por Venezuela y por todos los venezolanos, aunque ese sentir de tristeza por la oscuridad que ahora nos arropa, se esencializó a través de ese encuentro convirtiéndose en esperanza y mucha fe en los retornos de la luz, y en especial por la vía de la misericordia.

Y aquí viene tal vez lo más extraordinario del encuentro, y es el que el Padre Simonovis o el “fratello Igor” como yo lo llamo ahora, es el “Superior” de la “Orden de los hermanos del Jesús de la Misericordia”, congregación que recoge aquel rostro vislumbrado por Santa María Faustina Kowalska en febrero de 1931. Siento que este encuentro tiene que tener algún sentido más allá de la coincidencia o lo inmediato. Nuestra presencia ese día en la Porciúncula fue absolutamente, sobrevenida e inesperada, llegamos en el momento justo en que el “fratello Igor” salía hacia la ciudad de Orvieto cerca de Roma a continuar la reconstrucción de la iglesia del Jesús de la Misericordia (a la cual nos invitó a ir). Gracias a su generosidad, (pues nos llevó el personalmente en su auto), pudimos vivenciar San Damiano, al tiempo de asegurarnos que la Misericordia de ese Jesús, no nos había abandonado ni nos abandonaría, que pronto veríamos tiempos de luz y de conciencia. Despido pues este año 2016, con esta profunda y extraordinaria vivencia, en el deseo de que tengamos persistencia, fe y mucha misericordia (en especial con nosotros mismos).

Copio como despedida este pequeño extracto de la oración a la misericordia: “Oh Creador, cuya Misericordia es infinita y cuyos tesoros de compasión no tienen límites, míranos con Tu favor y aumenta Tu Misericordia dentro de nosotros, para que en nuestras grandes ansiedades no desesperemos, sino que siempre, con gran confianza, nos conformemos con Tu Santa Voluntad, la cual es idéntica a Tu Misericordia”…